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02:19h. Miércoles, 19 de Diciembre de 2018

COLUMNA | Libertad de prensa, expresión y DDHH

Khashoggi convulsiona Medio Oriente y altera la agenda internacional

El asesinato del periodista saudí ha desplazado los temas de dos agendas: la política y la denominada agenda setting. Mientras las autoridades de Turquía inculpan a las de Arabia Saudí, el resto de países se apuntan en caravana al tráfico de mensajes en defensa de los Derechos Humanos y del periodismo.

Caso Khashoggi | Flickr
Caso Khashoggi | Flickr

Autoridades del mundo han reaccionado al asesinato de Jamal Khashoggi y lo han utilizado como excusa para responsabilizar a otros países del incumplimiento del Derecho Internacional. Se han señalado entre ellos para evitar pronunciarse sobre la violación de los Derechos Humanos y hacer frente a la desprotección que padecen los profesionales de la información. Sin embargo, la arbitrariedad con la que muchos de estos países operan en relación con otros ha contribuido a crear un clima mediático más cargado de ruido que de contexto.

La discusión entre Turquía y Arabia Saudí avanza, muta y se retroalimenta desde el asesinato. ¿El combustible? Las incendiarias declaraciones de Erdogan. Desde el principio, el presidente turco señaló que la orden de ejecución del periodista provenía de los niveles más altos del poder saudí. A la par, el escenario político de Medio Oriente se complica: Irak ha dejado de apoyar a Irán. Egipto, Omán y Bahréin están con Arabia Saudí. Siria, Líbano y Yemen se encuentran divididos entre ambos bandos. Solo Israel se declara independiente del conflicto. Con Qatar rompieron sus relaciones hace más de un año Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Egipto y Yemen.

Ahora bien, Israel y Arabia Saudí tienen dos cosas en común: un aliado (Estados Unidos) y un enemigo (Irán). Mientras ambos países refuerzan la campaña contra Irán, Turquía se distancia también de Riad por encabezar un bloqueo ofensivo a Qatar.

Turquía pone a Arabia Saudí en vereda: camino al colapso

La última vez que al reformista y autoexiliado columnista Jamal Khashoggi lo vieron en las calles de Estambul fue antes de entrar al consulado de su país el martes 2 de octubre. Al parecer, iba a gestionar los papeles necesarios para casarse con su pareja, Hatiee Congiz. En un principio, el cónsul saudí negó conocer su paradero y, durante 18 días de continuas filtraciones, Arabia Saudí evitó confirmar que el periodista había sido asesinado en sus dependencias consulares.

Arabia Saudí se ofreció entonces, en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, a cooperar en la investigación. En un comunicado publicado por la agencia saudí SPA, el Secretario General del Consejo de Cooperación del Golfo aplaudía la iniciativa como una actitud de “firmeza” por querer presentar claramente “los hechos ante la opinión pública mundial”.

Pero mientras el régimen saudí renovaba sus versiones de los hechos, Recep Tayyip Erdogan hablaba en las sesiones parlamentarias de Ankara, de “un asesinato planificado”, apelaba al rey saudí para desvelar lo sucedido frente a la comunidad internacional y manifestaba su disposición para juzgar a los sospechosos en Turquía. “Ocultar semejante atrocidad dañaría la conciencia de toda la Humanidad”, decía. Se supo entonces que el cónsul había mentido a los medios y huido sin responder a sanción alguna. Los discursos de Erdogan exigían a las autoridades saudíes responder dónde estaba el cuerpo, quién había dado la orden de su asesinato y quién había impedido registrar el consulado hasta días después del crimen.

Según anunció la cadena qatarí Al Jazeera, se cree que, tras entrar, el periodista pudo haber sido torturado, estrangulado, descuartizado, disuelto en ácido y dividido en cinco maletas que pasaron por la residencia del cónsul general saudí. Después, un “colaborador local” las hizo desaparecer. También inculpó a “tres figuras clave” dentro del grupo de acusados estrechamente vinculados al príncipe heredero, Mohammed bin Salman (MBS): un asesor directo, el jefe del Consejo Saudí de Ciencias Forenses y un coronel del Ejército Real.

Días después, el medio anunció el fin de la búsqueda del cuerpo del periodista Khashoggi, pero confirmó que la investigación criminal del asesinato seguía en marcha. En relación a esto último, Erdogan declaró que tanto a Arabia Saudí como a Francia, Estados Unidos, Gran Bretaña y Alemania se les habían facilitado “las cintas” que probaban el asesinato del periodista en el consulado.

Contradicción entre las versiones oficiales

El fiscal saudí visitó Estambul para encontrarse con la fiscalía turca y el grupo de investigación que aún hoy sigue la pista de los asesinos. El diario turco Yeni Safak informó sobre el encuentro oficial como un “intercambio de información”, pero las autoridades turcas se negaron a compartir pruebas. Por el contrario, el medio Arabi21 señaló que el fiscal saudí había pedido “insistentemente” a la fiscalía turca la cesión de las pruebas de la ejecución, pero no se las dieron. Al Jazeera indicó que las autoridades saudíes pudieron haber intentado alterar la investigación.

"Parece más bien una táctica desesperada y deliberada para estancar la investigación", criticaba Erdogan sobre la visita del fiscal general saudí. Sus declaraciones seguían insistiendo en que se trataba de un crimen que implicaba “a mucho más que un grupo de funcionarios de seguridad”. Lo comparó con “el escándalo de Watergate”, que “fue mucho más que un robo”, y con los atentados del 11S, de los que insinuó que iban “mucho más allá de los secuestradores”.

Más de un mes después del crimen, permanece la disputa por el control de la investigación, del juicio y del fallo. Lo último fue una petición de extradición del ministro de Justicia turco emitida a Riad para juzgar en Turquía a los 18 funcionarios saudíes sospechosos de colaborar en el asesinato. Algo a lo que el ministro de Relaciones Exteriores saudí, Adel al Jubeir, quien había señalado al crimen como una “operación clandestina” desvinculada a la realeza, se negó rotundamente, según informa el diario turco pro-gubernamental Daily Sabah. El mismo periódico publicó las que pudieron ser las últimas palabras del periodista, con amplia reproducción mediática.

Pero el gobierno de Erdogan tiene una larga tradición represiva con la libertad de prensa: más de cien medios han cerrado y la persecución a los periodistas mantiene a 170 encarcelados, 69 condenados y en búsqueda de otros 148 profesionales por hacer su trabajo, según el Stockholm Center for Freedom. De los 180 países en el termómetro de libertad de prensa de Reporteros Sin Fronteras, Turquía ocupa el puesto 157º y Arabia saudí el 169º.

Libertad de prensa en el mundo | RSF
Libertad de prensa en el mundo | RSF

La cara oculta de Arabia Saudí, a la vista

En lo que a sus fronteras respecta, el análisis de Amnistía Internacional indica que el régimen del primer exportador de petróleo del mundo detuvo a personas defensoras de los derechos humanos y a otras, críticas con el poder, para neutralizarlas con largas penas de cárcel o condenándolas a muerte. A su vez, Freedom House indica que Arabia Saudí se ha dedicado a recortar derechos políticos y libertades civiles durante el último año. A la normalizada discriminación contra las mujeres y las minorías religiosas se ha sumado una política saudí basada en la vigilancia, la criminalización de los disidentes con apelación directa al “sectarismo”, y la puesta en marcha de un gasto público apoyado en los ingresos del petróleo.

Cuando Erdogan volvía a poner en duda la versión de Arabia Saudí, se celebraba el principal foro económico del país, el conocido como “Davos en el desierto”. Los más ricos se dan cita en esta cumbre de Riad para discutir sobre inversión y negocios, presididos por el rey Abdalá y el príncipe heredero MBS. Pero esta segunda edición comenzó con un gesto de desprecio inesperado de los asistentes: políticos y empresarios se retiraron de forma repentina.

Los requerimientos de Turquía y de la comunidad internacional a la monarquía absoluta saudí no han sido aclarados. La reputación inicial de MBS como reformista, tras aprobar la conducción a las mujeres saudíes, con muchas salvedades, ha caducado. Parece, además, que este nuevo aire de autoritarismo se ha forjado más rápido desde el asesinato de Khashoggi que desde que la potencia sunita comenzó a dirigir la coalición internacional para combatir en Yemen a los hutíes desde el 2015. Arabia Saudí justificaba entonces su intervención armada gracias al aval del Consejo de Seguridad de la ONU, y excusándose en el mero convencimiento de que Irán, su principal enemigo, apoyaba militarmente a los hutíes.

Amnistía Internacional califica el de Yemen como un conflicto de “espeluznantes crímenes de guerra y abusos contra los DDHH”. Reclama que se está produciendo una crisis humanitaria cuya principal víctima es la población civil. La ofensiva de Arabia Saudí y su bloqueo parcial por mar y aire han provocado muertes en todo el país mientras impide la llegada de la ayuda humanitaria. Pero, a riesgo de que su acción en Yemen se descubra más de lo deseable, Arabia Saudí sigue aguantando enormes presiones políticas y económicas de las que es presa, y sigue contestando de forma controlada, pausada e incompleta.

En cualquier caso, su economía muestra, según el FMI, un crecimiento continuo. Si bien el asesinato de Khashoggi ha cambiado el tablero de las relaciones internacionales, las negociaciones no han terminado.

Disputa por el control en Medio Oriente

Un mes después del crimen, Israel rompió por primera vez su silencio para hacer mención al caso a través de unos “objetivos comunes”. Entre ellos, según las declaraciones de Netanyahu en Bulgaria, Irán es “el mayor problema”. El dirigente israelí quiso destacar la importancia “para la estabilidad del mundo, y de la región, que Arabia Saudí permanezca estable”, y completaba su mensaje diciendo que “bloquear a Irán” era vital para la “agenda de seguridad” tanto para Israel como para Europa y el mundo entero.

Los líderes mundiales se reunieron en París para conmemorar el 100 aniversario del Armisticio que concluyó con la primera Gran Guerra reconocida a nivel mundial. Una cita a la que el diario libanés Al-Akhbar dedicó un artículo crítico hacia las potencias y, especialmente, hacia Macron y Merkel, titulado El fin de la primera guerra: ”Bienvenidos, criminales de guerra”  sobre una “paz que no duró”.

Quiso haber sido un acuerdo de paz la mediación de Naciones Unidas, Egipto y Qatar entre Israel y Hamas (Gaza). Qatar entregó combustible, liquidez y asistencia a Gaza, y se comprometió con Israel a construir un cruce comercial marítimo de la Franja de Gaza a Chipre. Según el diario Al-Akhbar, Netanyahu dijo que el pacto serviría para "restaurar la calma en los asentamientos en las cercanías de Gaza y el sur de Israel” y para “prevenir una crisis humanitaria". Sin embargo, la violencia no ha cesado. De hecho, se avivó gracias a los ataques aéreos israelíes que bombardearon la Franja de Gaza el lunes, impactaron en enclaves densamente poblados y destruyeron la estación de televisión, según informa Al Jazeera. A las ofensivas y a la ocupación de Israel, Gaza responde disparando cohetes y globos incenciarios contra territorio israelí y protestando en la Gran Marcha del Retorno de cada viernes desde el 30 de marzo de 2018.

La mala relación entre Arabia Saudí e Irán viene de los 70-80, cuando el segundo cuestionó la supremacía del primero, dando lugar al cisma religioso cuyas diferencias se han ido agudizando con la Primavera Árabe, sucesivas protestas y las políticas de expansión en la región.

Khashoggi, símbolo del contrapoder

El periodista veterano había escrito en tono crítico sobre la intervención armada en Yemen, las políticas saudíes hacia Qatar y su represión a activistas y medios de comunicación. Por sus opiniones abiertamente contrarias al status quo saudí y las circunstancias de su muerte, todo apunta a que sabía demasiado.

Su última columna para la sección Global Opinions en The Washington Post, publicada de manera póstuma, fue Jamal Khashggi: lo que más necesita el mundo árabe es la libertad de expresión

Aquí razonaba sobre cómo la intervención del Estado y los gobiernos en los medios de comunicación perpetúa la desinformación de los pueblos árabes. Antes de morir asesinado, el periodista se manifestaba sobre aquel “momento en que los periodistas creían que internet liberaría la información de la censura y el control asociados a los medios impresos”, algo que también se llegó a creer en muchas otras partes del mundo.

Khashoggi argumentaba que tales gobiernos impusieron un mayor control sobre la red y la información, arrestaron a informadores y presionaron a los anunciantes para “dañar los ingresos de publicaciones específicas”. Describía la represión, criticaba la mordaza y la manipulación de los medios. Lamentaba que las insaciables ansias de poder de los gobiernos sobre “la narrativa dirigida por el Estado” dominasen la “psique pública”. Y, por supuesto, también dedicó palabras al silencio que la comunidad internacional ha dado, por costumbre, como respuesta.