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16:28h. Jueves, 16 de Agosto de 2018

OPINIÓN

Aquí nunca pasa nada

Escuchar las palabras que dan título a este artículo debería erizarle la piel al periodista, tensar sus músculos, activar su sentido arácnido. «Aquí nunca pasa nada»: una mentira por definición. En una democracia con garantías los periodistas deben interpretar esta frase tal y como Batman interpreta la bat-señal: deben saber que Gotham les necesita, y quien dice Gotham dice Madrid, Pontevedra o el Burgo de Osma.

En Perro Come Perro vigilamos a los medios. Si crees que el periodismo nos necesita, lanza #ElLadrido en redes sociales y acudiremos en tu ayuda como Batman ante la bat-señal. Fotografía de Pixabay.
En Perro Come Perro vigilamos a los medios. Si crees que el periodismo nos necesita, lanza #ElLadrido en redes sociales y acudiremos en tu ayuda como Batman ante la bat-señal. Fotografía de Pixabay

Una vez escuché a un político de relevancia decir que los periodos de paz y prosperidad generan aburrimiento en la sociedad, dado que no pasa nada. Lo divertido de esta afirmación es que se refería a la época en la cual se estaba generando la burbuja inmobiliaria, se saqueaban las cajas de ahorros, se subvencionaban proyectos inviables, se inflaban presupuestos municipales a placer, etc., etc., etc.

Siempre y en todas partes pasa algo, otra cosa es que tú no lo sepas. Mientras me dices que no pasa nada, alguien esboza una sonrisa de complicidad y comenta que «todos sabemos lo que pasa aquí», su interlocutor asiente y le devuelve la sonrisa. En ocasiones, esto sucede hasta delante de los micrófonos. Tal y como habrás deducido, ese todos no te incluye y, por consiguiente, tienes un problema.

La Universidad Rey Juan Carlos fue un ejemplo claro de «todos sabemos lo que pasa aquí», una idea difusa, inconcreta, que flotaba por los pasillos, hasta que eldiario.es y los que les siguieron pudieron y quisieron contarnos lo que pasaba. En Hollywood, todos sabían lo que pasaba con Harvey Weinstein. Se asumía como parte del paisaje, se hacían chistes al respecto, hasta que nos lo contó Ronan Farrow en el New Yorker y surgió algo espectacular: el movimiento #MeToo. En Huelva, seguramente, se sabía lo que pasa con las temporeras marroquíes, pero los agentes sociales lo dejaban correr (salvo el Sindicato Andaluz de Trabajadores). Tuvo que venir la revista alemana Correctiv para, a continuación, engancharse El Español, y que todos nos diéramos por enterados.

«Sin periodismo no hay democracia». Si me dieran un céntimo por cada vez que lo he escuchado, igual me podría pagar un desayuno en condiciones. Posiblemente sea verdad, pero establecer una relación directa siempre me ha producido cierto vértigo. En tal caso, admitir la ausencia o escasez de periodismo supone denunciar la ausencia o escasez de democracia, y esto, ya me perdonaréis, me parece un exceso.

Podemos imaginar una sociedad con unas instituciones transparentes, una justicia independiente, un sistema educativo de calidad, acceso a las tecnologías de la información, una ciudadanía activa y un periodismo regulero. Creo que funcionaría razonablemente bien.

No me atrevería a decir que el periodismo es el corazón de la democracia, pero es una de sus patas. Se me ocurrió esta metáfora cuando volvía del súper, al cruzarme con un perro cojo. Era un chihuahua. Me produjo, en este orden, desconcierto, risa y pena.

Otra cosa: la existencia de periódicos, radios y teles implica una buena circulación de la información, pero no necesariamente el buen ejercicio del periodismo. En un mercado de la comunicación hipercompetitivo la diferencia será cada vez más importante.

Se aprende más yendo de cañas con un periodista que leyendo el periódico. Esto es natural hasta cierto punto (hay que pensar a largo plazo, cuidar las fuentes, conservar el puesto en tiempos de crisis), pero si la diferencia entre lo uno y lo otro es muy llamativa, o incluye sugerencias que te hacen levantar las cejas, algo falla, tenemos un problema.

«Aquí nunca pasa nada» y «ya sabemos lo que pasa». Si el periodismo tiene alguna función social, algún papel en la democracia, es disolver este binomio, reducir, en la medida de sus posibilidades, la distancia entre la gente que sabe y la gente que no sabe. No aceptar un yatusábeh por respuesta, para que el que acaba de llegar pueda actuar con un conocimiento de las cosas lo más cercano posible al que disfruta el que siempre estuvo ahí. Ni más ni menos.