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01:04h. Miércoles, 19 de Diciembre de 2018

OPINIÓN | FRANQUISMO

Alipori franquista

El 20 de noviembre se conmemora el 43 aniversario de la muerte de Francisco Franco y el 82 aniversario del fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera. A lo largo de la semana, una caterva de falangistas y franquistas entonaron cánticos en marchas plagadas de símbolos fascistas. La gente sigue con inquietud un debate histórico que se ha recrudecido en los últimos meses.

Franco estrecha la mano de Hitler en Hendaya (1940) | LIFE
Franco estrecha la mano de Hitler en Hendaya (1940) | LIFE

Los cipayos del Caudillo han sido azuzados por la polarización ideológica consecuencia del sanchismo. Reverte lo anunciaba el pasado sábado en La Sexta Noche: "Franco, exhumado, inhumado o ahumado [...] dejó de ser mi problema hace 43 años". Pero los supuestos adalides de la moralidad, que hacen gala de una honradez recubierta de sucio electoralismo, han resuelto desenterrar a Franco del Valle de los Caídos. Una decisión que llega con cuatro décadas de retraso y que ha despertado a la inmundicia totalitaria que aún recela de todo lo que hieda a democracia. Son las consecuencias de una Transición fallida: aún padecemos los estertores de una dictadura que desapareció solo por el desgaste de su ilegítimo promotor.

Bajo el pretexto de querer cerrar las heridas de algunas (cada vez menos) víctimas de la dictadura, el PSOE ha removido las cloacas de la casposidad: ha dado alas a VOX, ha reforzado la campaña de mentiras de agitadores como Pío Moa –a quien, por cierto, bloquearon la cuenta de Twitter la semana pasada por comparar a las feministas con histéricas y decir que la principal función de la mujer en sociedad es preservar la vida– y ha provocado que algunos curas, como José Antonio Fortea –a quien conozco personalmente, por lo que me siento francamente sorprendido ante su brote de fanatismo caudillista–, hayan elogiado públicamente a Franco, quien ascendió al poder, según ellos, "Por Dios y para Dios" y sirvió de bloqueo ante el diabólico peligro del totalitarismo marxista. Lamentable patada –con sesgo ideológico– a 43 años de historia. Todos sus argumentos se fundamentan en intrincados discursos radicales que brotan de las páginas de Luis Suárez, a quien Carmen Polo encargó estudiar los archivos personales de Franco; Ricardo De La Cierva, historiador de cabecera de la dictadura y exministro de Cultura en los años 80; o el ya citado Pío Moa, exterrorista de los GRAPO reconvertido en Dios sabe qué.

Sacar a Franco del Valle de los Caídos para colocarlo en la Almudena (las carcajadas del dictador desde el Más Allá deben resonar hasta en la Atacunga) ha dado visibilidad a todos los fascistas relegados al ostracismo que no importunaban con sus payasadas. Que ahora sean portada en los principales medios de comunicación es consecuencia de la división de un país desgastado por la polarización política y una nación sumida en un tremendo caos electoral. El discurso partidista que ahonda en las heridas de la dictadura ha dado alas a que activistas de FEMEN sean pateadas en el suelo por cobardes misóginos, a que grupos de extrema derecha ondeen sus execrables aguiluchos por las calles de Madrid, a que los falangistas campen a sus anchas entonando el Cara al Sol e insultando a la prensa progresista y a que, incluso, quienes deberían ser defensores de la espiritualidad dejen entrever sus sucias enaguas y legitimen el discurso del nacionalcatolicismo. No hemos progresado.

La mala praxis política del Circo de los Diputados ha sido la principal responsable de reavivar la fobia guerracivilista. El tono más o menos moderado de los políticos de antaño (ahora hasta se echan de menos las anodinas intervenciones de Zapatero y de Rajoy en la Cámara Baja) ha sido sustituido por un zafio discurso adulterado que causa alipori: los independentistas han pasado a ser golpistas; los liberales, fascistas; los de izquierda, comunistas y marxistas, si no republicanos –rojos– asesinos; los de derechas, fachas de nuevo cuño. Y cada una de esas posturas es defendida por unos políticos que provocan vergüenza ajena: Pablo Casado, cuyo discurso parece la antesala del nacionalsocialismo, es quien más hace brillar el populismo; Albert Rivera, la "veleta naranja", de quien ya nadie se fía por su chaqueterismo electoralista; Pablo Iglesias, cuyos espúreos contactos venezolanos e iraníes y casoplones opulentos aún le pesan entre sus votantes; y Pedro Sánchez, el Doctor Honoris Causa en arrogancia, quien se dice y desdice como un normando.

El discurso cargado de recelos ha dividido la opinión pública. Quienes eran moderados ahora viran hacia aquellos sistemas de pensamiento que más se alejan de lo que temen; aparecen banderas falangistas en las vírgenes de las iglesias; se asaltan capillas con las vergüenzas al descubierto; se hostiga a quienes no piensan como ellos en su causa común, so pena de convertirse en enemigos viscerales; Vistalegre se llena de rojigualdas empuñadas por usurpadores de los símbolos nacionales, lo que los desvirtúa. Mientras tanto, los nacionalistas catalanes, a quienes todos culpan por querer escapar de este espectáculo, intentan romper el orden establecido entre insultos y escupitajos y fomentan, aún más, la división ideológica. Especialmente desde que su principal representante es Quim Torrá, un supremacista.

A España ha llegado la corriente de los populismos europeos. Lo alarmante es que a ella se han sumado los partidos políticos que ya tienen representación parlamentaria. El otro día el PP decía que no apoyaría en el Senado la condena del franquismo si no se prohibían los movimientos comunistas o populistas, sin especificar a qué demonios se refería. Carmen Calvo sostenía con sorna que Pedro Sánchez podía decir una cosa antes porque no era Presidente y, ahora, que sí lo es, cambiar de opinión. En toda esta marisma de parafernalia y deshonestidad, la gente decente, quienes abogamos por la moderación, el compromiso social, las maneras, la igualdad, la solidaridad y, en fin, la defensa de los Derechos Humanos y libertades fundamentales, además de la sana espiritualidad, observamos con resquemor cómo Europa se acerca peligrosamente hacia la fractura de sus principios fundacionales: los que nacieron como un impulso cultural hegemónico para evitar otro conflicto de consecuencias catastróficas.

Ese cáncer populista parece haberse extendido por otras zonas del planeta gracias a los trumps, bolsonaros, maduros, kaczynskis, ortegas, lepens, wilders, salvinis, putins, orbans, abascales, netanyahus, assades y meuthens, entre innumerables representantes de la xenofobia, el racismo y el nacionalismo ultraconservador, por no hablar del capitalismo consumista frenético e inhumano que padece la sociedad Occidental y del que es súbdito la cada vez más burocrática Unión Europea. Gracias a todo ello el mundo se ha convertido en un polvorín a punto de estallar. Ya no será culpable quien tire la primera piedra. Seremos nosotros, quienes hemos permitido tal situación con nuestra falta de movilización, los auténticos culpables del desastre.