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01:56h. Miércoles, 20 de Junio de 2018

INTEMPORALMENTE

Siempre la vida primero

«Sabe esperar, aguarda que la marea fluya

-así en la costa un barco-, sin que el partir te inquiete.

Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya;

porque la vida es larga y el arte es un juguete.

Y si la vida es corta

y no llega la mar a tu galera,

aguarda sin partir y siempre espera,

que el arte es largo y, además, no importa.»

Antonio Machado en su poema Consejos, incluido en Campos de Castilla

Me gustan los libros: poesía, novelas y ensayos. Procuro leer de todo de forma irregular y sin presiones, aunque solo lo consigo cuando estoy tranquilo. Me gusta el cine en la medida en que me permite perderme en sus historias e imágenes. Me gusta comer (se me da mejor que cocinar) y disfruto jugando de vez en cuando al fútbol y viendo algún deporte: después de haber estudiado un par de años en el Ramiro de Maeztu, uno no deja de ser del Estu tan fácilmente.

No se me ocurre mejor manera de empezar a escribir en la sección cultural de un periódico universitario que la de intentar limitar la importancia de la cultura y animar al estudiante a mezclarse con la vida. Yo que disfruto enormemente de las horas pasadas entre libros sé también que el conocimiento sin vivencia no enseña tanto como parece, que el tiempo pasa a zancadas en silencio y que la soledad puede ser muy celebrada, pero es muy duro el aislamiento.

Cualquier estudiante debería salir al encuentro de otros como él, no necesariamente para teorizar sobre el estado del mundo y de las cosas, sino para compartir sus miedos y deseos, darse cuenta de que ni es tan especial ni está tan solo como se pensaba, para crear afectos que no necesariamente durarán para siempre.

El arte como fin que justifique un sacrificio a cualquier precio me parece no solo una idea equivocada sino muy tonta. Así lo consideraba también Erasmo de Rotterdam en uno de mis libros favoritos, Elogio a la estupidez (en otras ediciones, el título se tradujo por Elogio de la locura), que en su capítulo dedicado a los artistas decía: «(…) ¿qué es lo que ha estimulado tanto al ingenio de los mortales a idear y dejar para la posteridad tantas disciplinas ilustres -en su opinión- sino la sed de gloria? Con tantas noches en vela y tantos sudores pensaron unos hombres tontos de remate que podrían ganar no sé qué fama, que es vana a más no poder. Pero, a su vez, es a la Estupidez a quien debéis tantos destacados beneficios de la vida y -con mucho lo más dulce- el que os regocijéis con la locura ajena.

Ese afán de persistencia, de vencer a la muerte en la propia obra y vivir en ella eternamente puede formar parte del impulso creativo, pero creo que el arte más honesto (el que a mí más me interesa) es el que surge de la voluntad de conversar con el otro. Coincido en ese sentido con Antonio Gala, que señalaba que el arte debe ser un diálogo, un acto de comunicación en dos tiempos.

El arte así concebido entiende la mediación cultural como un proceso que puede arrojar algo de luz y volver más sencillo ese diálogo, pero un buen mediador nunca debería pretender apropiárselo. En mi opinión, la difusión de la cultura no debería ser concebida como la elaboración de discursos racionales que intenten convencer de que algo debería gustarnos, pues se corre el riesgo de hacer de apisonadora que se lleva por delante lo más divertido de ese encuentro íntimo del receptor con la obra artística.

En el terreno de la cultura en muchas ocasiones la norma se vuelve una losa, y todos nos pasamos de sufridos y de intensos en un mundo en el que el arte es largo y además no importa (o no tanto como pensamos muchas veces). Es por ese camino de ensimismamiento y de razón sin sentimiento por el que muchas veces se generan tantas obras desconectadas de los problemas de la gente y por los que el artista es mejor que el resto, cuando no es ni mejor, ni peor ni probablemente tan distinto. El mediador cultural debería simplemente abrir la mente hacia caminos que quizá aún estaban cerrados. No querer hacer más, pero tampoco menos.

A los libros hay que tenerles tan solo un respeto relativo. Hay escritos libros malísimos que no merecen consideración solo por el hecho de ser libros, y deshacerse de ellos puede ser liberador y catártico. El arte debería poder rastrearse no solo en las obras sino en formas de mirar el mundo que reparen en lo bello, lo asombroso, lo hermoso, lo triste y lo terrible: una actitud sincera y despierta hacia lo que nos rodea. Que esa actitud se refleje o no en alguna obra determinada es solo cuestión de suerte, voluntad y de tiempo. El escritor es tan escritor cuando piensa como cuando está escribiendo.

Pero antes que el arte siempre va la vida, esa que se nos escapa tan deprisa entre los dedos. Los libros sirven, como escribió Rafael Azcona, «para que nuestros sueños no se mueran de frío». Refugiémonos entonces cuando lo necesitemos, vivamos muchas vidas y viajemos a muchos puertos, tengamos siempre una historia que contarnos, pero no nos olvidemos también de mezclarnos estrechamente con la vida, aunque ese encuentro nos transforme en ocasiones de forma terrible. Que la memoria y el pasado nos sirvan para vivir -y no al revés-, sin olvidar que aquí solo hay cambio constante y presente continuo. Quizá por el camino nos conozcamos algo mejor y aprendamos a convivir con nosotros mismos, sin pretender ir en contra de lo que sentimos. Y la vida tenga entonces algo más de luz de lo que nos creemos.