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01:50h. Miércoles, 20 de Junio de 2018

OPINIÓN

El espíritu errante del periodista autodidacta

Los nuevos (y viejos) periodistas siguen condicionados por los libros de estilo y las pautas impuestas por jefes de redacción, directivos, políticos y profesores, cuando la verdadera comunicación nace de uno mismo: del anhelo individual de difundir y transformar la realidad.

Máquina de escribir | PIXABAY
Máquina de escribir | PIXABAY

El periodismo se encuentra en una situación calamitosa. Oradores de toda calaña, comunicadores de dudosa profesionalidad y hombres y mujeres que se dejan limitar por los principios configuradores de los medios en los que trabajan. Aunque limitarse implique una «circuncisión» creativa y, por ende, la propia ruina, copan la lista de causas que explican que tal situación de descrédito se haya agravado en las últimas décadas.

No es de extrañar que cualquier estudiante de periodismo que abra un diario impreso o la página web de cualquier medio de comunicación generalista, o pise la redacción de un periódico, se exaspere ante la avalancha de tareas, imposiciones laborales y condiciones de trabajo imperantes. Tampoco sirve de estímulo el tratamiento de la información que se lleva a cabo cada día en las oficinas y que se vende con un envoltorio vistoso sellado con la marca de la casa.

Faltan motivación y concreción. Y se necesita, sobre todo, adaptación a los nuevos tiempos, coherencia y visión de futuro. Es menester mirar a largo plazo, liberarse de las ataduras económicas que sustentan un sistema capitalista inhumano del que no escapa ni el comunicador más riguroso, de las influencias «de arriba» y de la agenda setting, todo ello para ir de camino hacia un periodismo consciente de la realidad, revelador, consecuente consigo mismo.

La innumerable cantidad de avances tecnológicos que ha experimento la sociedad desde mediados de los noventa hasta este mismo instante no ha facilitado la revitalización del periodismo, como se creía posible, sino que lo ha sumergido en las arenas movedizas de la confusión. Hoy es más fácil que nunca sacar las vergüenzas de los periodistas que hacen malabares con la información o la manipulan. El público está disperso y no distingue entre noticias reales o fake news; las opiniones de algunos personajes que se prefabricado a sí mismos (como los críticos de cine o ciertos columnistas) se viralizan y mueven masas, cuando lo ideal debiera ser que cada individuo establezca una cosmovisión propia sustentada en un sistema de valores ético y justo, persecutor de la verdad.

Frente a esta incerteza de cara al futuro es evidente la desesperación que sienten los jóvenes periodistas que aprecian el oficio al que han decidido consagrar su vida. El otro día una compañera reflexionaba en este artículo sobre lo desmotivador que resulta estudiar periodismo (aunque, a mi juicio, omitió lanzarle un dardo envenenado a un profesorado anquilosado en la «prehistoria»), y no se equivocaba. Por eso es tan importante recuperar a los grandes escritores y periodistas que supieron jugar con la palabra y el mensaje, el estilo y la forma, y que transmitieron sucesos reales que, a través del filtro de la fabulación y la retórica, pasaron de hechos corrientes a historias dignas de convertirse en leyenda.

Pocos periodistas fueron al mismo tiempo informadores y arquitectos de la palabra, artistas capaces de transformar la vida –a veces aburrida, otras brutal– en una realidad sociocultural que bien pudiera haber sido extraída de las novelas de Dostoievski o Steinbeck. Es menester que hoy, más que nunca, volvamos a sus textos para comprender qué los hizo tan influyentes.

Ryszard Kapuściński: el referente que sirvió de guía a miles de periodistas

Se habla de tópico cuando algún profesor invita a sus alumnos a adentrarse en el universo del polaco Ryszard Kapuściński, uno de los más emblemáticos profesionales de la comunicación de nuestra era. Un hombre que creó un estilo periodístico único: mezcló el reportaje informativo con el estilo novelesco; la narración de sucesos reales con el lenguaje de un poeta. Abrir las páginas de cualquiera de sus libros o reproducir sus cientos de entrevistas (Kapuściński amaba que lo entrevistaran), lleva intrínseca una lección de periodismo que sirve como antídoto ante la falta de alicientes profesionales.

Kapuściński hablaba de los imponderables y del deber del periodista de prestar atención a su entorno en vez de utilizar la televisión, los periódicos o la radio (ahora, en pleno siglo XXI, se suma internet) para buscar información como fuente de inspiración. Muchas veces los periodistas cometen el error de escribir un reportaje en base a los datos que encuentran en la red, o en algún libro, o tomando como base aquello que otros compañeros de oficio han publicado.

En muchas ocasiones las circunstancias lo requieren así. Sin embargo, nada supera a lo que se encuentra a nuestro alrededor, la materia tangible de la que se construyen las historias: la realidad. Y esta es aquella pelusa roja en la camisa del entrevistado, la incisión de la luz del sol sobre las vidrieras de la iglesia, el olor a madera húmeda en la casa de un anciano, la tonalidad oscura de la sangre de aquellos que acaban de ser ejecutados o el sudor que gotea por las frentes de unos jóvenes angoleños que transportan piedra en una carretera ardiente. En esencia: el detalle que da relieve a las historias.

El cuidado por el detalle

El cuidado por el detalle debería ser una asignatura fundamental en periodismo, y Kapuściński se encargó de expresarlo en cada página de su obra. Las descripciones de los lugares que transitó y los pensamientos que le avasallaron cuando vivió las situaciones descritas –muchas veces pasadas por el filtro de la fabulación exagerada, como descubrió Domosławski en la biografía Kapuściński Non-Fiction–, hicieron de su estilo algo rico en detalles. Entonces, el lector era capaz de crear con facilidad una representación mental del entorno, tal y como ocurre en las mejores novelas descriptivas, y creerse la realidad de las personas que la comparten.

El periodista escribió en Los cínicos no sirven para este oficio sobre un pilar del que parecen olvidarse aquellos ingenuos que buscan desesperadamente la objetividad: lo objetivo es imposible, una quimera idealizada por quienes creen que los medios de comunicación deben ser estandartes que reflejen la realidad tal como es. Pero el trabajo del periodista reside en que el que escribe debe ser honesto consigo mismo y describir la vida bajo el tamiz de su personalidad, de sus anhelos. Lo que para Kapuściński puede ser algo merecedor de un titular, para otra persona quizás resulte imperceptible o superficial. Dos personas nunca responderán de la misma manera a una pregunta. Cada cual contará un mismo acontecimiento de manera distinta.

¡En ello reside la gracia de este oficio! Ser consecuente con la idiosincrasia de cada uno y expresar ideas a través del estilo personal, recogiendo lo que despiertan en nosotros los otros. Utilizar las descripciones concretas en el momento preciso puede convertir un suceso o entrevista cualquiera en una realidad transformadora que despierte, hasta en el más humilde y sencillo de los lectores, un torrente de emociones imparable.

El contexto y los personajes

Es necesario recuperar una frase lapidaria de su libro anti-cínicos: «en el buen periodismo, además de la descripción de un acontecimiento, tenéis también la explicación de por qué ha sucedido; en el mal periodismo, en cambio, encontramos sólo la descripción, sin ninguna conexión o referencia al contexto histórico». A lo que añadiría: es necesario que quien lea esa misma pieza periodística contextualizada e interpretada se sienta rodeado por el entorno, parte del microcosmos descrito, para que simpatice con la mujer que se ha quedado sin pensión o el hombre que ha perdido a su hijo en un accidente de tráfico. Solo así la historia puede servir de catalizador emocional.

Hay que reflexionar sobre esto. ¿Por qué las noticias del siglo XXI han pasado a ser un mero expositorio de las miserias del ser humano complementadas por una avalancha de datos objetivos sobre tal o cual cuestión? Primero: las noticias negativas venden más que las positivas. Al público se le puede comprar a través del miedo, de la sangre, de la explosión que ha dejado cientos de inocentes muertos en un centro comercial. Segundo: se confunde habitualmente el buen periodismo, que es el contar historias y transmitir emociones de sucesos reales, con el arrojar datos de manera indiscriminada para parecer más sabios u objetivos.

Faltan contextualización y profundidad; una dimensión histórica que explique por qué Israel devasta Gaza o las razones de la crisis económica de 2008, de las que no se habla tanto como de las consecuencias. El propio Kapuściński lo explica de manera magistral en Viajes con Heródoto, quizá su libro más inclasificable: «aquello que escribimos en los reportajes proviene de la gente, de esas personas, y la relación yo-él, yo-los otros, su naturaleza y su temperatura incidirán más tarde en el valor del texto. Dependemos de la gente, y por eso el reportaje tal vez sea el género de escritura más colectivo».

El periodista debe escribir desde el alma, contemplando el rostro de las personas a las que entrevista, que no son sino los protagonistas de sus historias, precisamente debido a «ese lenguaje extraverbal en que se convierte toda persona cuando la observamos atentamente y nos impregnamos de ella». El arte de observar y de transcribir esa realidad que nos despierta el otro, el ajeno, el extraño, es la tarea que debemos recuperar para poder estimular al lector. John Berger dijo de Kapuściński que era «uno de los grandes narradores de nuestro tiempo», y que en sus relatos se encontraban «los sinsabores, el aliento que respira tras las palabras, el miedo, el cansancio, la vejez, el recuerdo de una madre», todos ellos elementos que no aparecen en las noticias.