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12:40h. Miércoles, 17 de Octubre de 2018

LAS REVISTAS CIENTÍFICAS EN EL PUNTO DE MIRA

Ciencia: víctima y verduga de «sobreinformación»

La ciencia tampoco se salva de esta carrera desbocada de sobrecarga de información de los medios de comunicación. En este caso, los especializados en ciencia. Para cualquier científico, su vocación por avanzar en sus descubrimientos, alcanzar objetivos importantes, aumentar los conocimientos sobre el mundo, compartir hallazgos y, claro está, ser reconocido por su trabajo y dedicación, deberían ser los pilares primarios de su trabajo.

Científica en el laboratorio de neurobiología del Instituto de Neurociencias en el CSIC | CSIC
Científica en el laboratorio de neurobiología del Instituto de Neurociencias en el CSIC | CSIC

El ritmo acelerado de las revistas científicas por tener el máximo número de artículos en el menor tiempo posible impide conseguir las informaciones realmente útiles y valiosas. La rapidez golpea a la evolución, al progreso y a la investigación. Y sí, es lo mismo que pasa en otros ámbitos como la economía, la política, la cultura, etc.

Los medios de comunicación repiten una y otra vez la manipulación que se sufre en muchas de estas áreas. Desde el comienzo de las publicaciones científicas la sociedad -en su mayoría- respeta y cree en la ciencia. Una persona que no tiene conocimientos especializados ni siquiera se plantea si una publicación de un investigador puede o no ser falsa. Si se publica se cree. Los científicos más prestigiosos de nuestro país (y de otros) han encontrado a sus titiriteros particulares: las revistas científicas. Un científico no llegaba a ser «alguien» hasta que una revista como Science o Nature aceptaba publicarle. Y «ser alguien» no significa solo tener reconocimiento y prestigio, sino recibir dinero para poder seguir investigando.

La ciencia sufre un «sprint» donde la única meta es publicar mucho. Muchísimo. Cuanto más mejor. La ciencia está dejando de ser esa gran oportunidad de evolución, de desarrollo y de futuro para convertirse en un montón de letras. Claro está, que muchas de ellas serán informaciones importantes pero, muchas otras, no son ni la mitad de lo que podrían haber llegado a ser, quizás solo la raíz, si la presión por publicar con la mayor inmediatez posible no supusiese una zancadilla para los trabajos que se presentan. El acto de publicar ha provocado que las revistas científicas pasen de ser un instrumento que comunica avances entre científicos para convertirse en el objetivo final de los investigadores, según afirma José M. Mato, director de la Fundación de Ciencias de la Salud.

En un primer momento, las revistas científicas eran el altavoz de los científicos para compartir sus investigaciones y obtener nuevos puntos de vista que les permitiesen avanzar. Ese puente tan necesario entre científico y científico permitía el ambicioso objetivo de llegar más lejos todavía. Las revistas científicas impulsaron la ciencia y ahora se están convirtiendo en el mayor de sus lastres por la presión que ejercen sobre los investigadores.

¿Dónde queda el objetivo de las publicaciones científicas de comunicar los resultados o avances de un trabajo para compartir el conocimiento y avanzar y profundizar en la investigación? La calidad de la información vuelve a pasar a un segundo plano también en la ciencia. En la sociedad actual se beneficia más la cantidad que la calidad. Si ésta es la mentalidad que se está enseñando a los jóvenes investigadores, y es lo que se premia, el futuro de la ciencia podría estar viviendo el mayor de sus abismos.

Las revistas científicas también se rigen por la necesidad de ser las primeras en publicar, una competición que parece ser la principal razón de ser de los medios de comunicación, y esto, en más de una ocasión, ha demostrado que el rigor solo es un efecto secundario de la actualidad. Cada vez aumenta más el número de fraudes que las revistas científicas publican como efecto de este fenómeno. Cuando revistas científicas como las mencionadas anteriormente tienen que desmentir informaciones que han publicado, el daño es mucho mayor, no solo por el desprestigio que les supone, sino porque restan importancia a la veracidad y la calidad que toda información debería conllevar por el simple hecho de estar publicada en un medio de estas características. Una situación que ha ocurrido en más de una ocasión es que, en vez de apostar por trabajos más elaborados -aunque estos requieran de más tiempo de investigación-, se ha optado por otros menos rigurosos y completos con tal de que estuviesen listos el día que la publicación necesitaba. Así lo afirma Randy Schekman, ganador del premio Nobel de Medicina. Esto, además, conlleva a un segundo problema al conferir a las publicaciones científicas el poder de decidir los caminos que seguirá la ciencia al direccionar las investigaciones. 

Esto sucede porque las evaluaciones encargadas de decidir cuáles serán los próximos proyectos de investigación se basan en las actitudes de los editores, según afirma Jesús Jiménez-Barbero, director científico de CIC bioGUNE. Una de las mayores causas que fomenta este problema es la financiación que los investigadores necesitan para llevar a cabo sus proyectos. Los organismos, instituciones y empresas privadas que invierten tienen, como parámetro más influyente, el número de publicaciones que el científico o científicos en cuestión tengan en estas revistas. De nuevo otro aliciente que demuestra que importa más la cantidad que la calidad. Quizás la ciencia deba reflexionar de nuevo sobre su razón vital para llegar a ser esa obra de arte colectiva más importante de la historia de la humanidad, que defendía el científico Pedro Miguel Echenique.